Uno es relativamente sencillo, el cartel. Es un pequeño grupo de trabajo, estudio o investigación, pero sin maestro ni jefe ni líder. Lo que en el cartel suple al líder o al maestro es la función encarnada por alguien que no recibe otro título que el de más uno, o sea uno más (puede ser cualquiera pero debe ser alguien), que acepta la encomienda de anudar y promover el trabajo de cada integrante en función de un tema compartido y un objetivo convenido. Cada integrante trabaja en la perspectiva diferenciada desde la que puede y quiere aportar, sin que además deba atenerse a cumplir un pro-grama, si su deseo y los avatares del trabajo realizado lo llevan en otro rumbo.

El cartel debe ser un grupo pequeño, donde la presencia de cada uno cuente cada vez, pero no tan pequeño como para dejar de ser un grupo (no puede ser una pareja ni un trío, donde el pasaje al acto y los celos, por estructura, tienden a prevalecer).

Tampoco debe ser tan numeroso como para que la función de la presencia se diluya. Admitimos aquí que el deseo en juego en el análisis es el deseo sexual, pero nos interesa desde luego promover sus formas sublimadas y sociales, que evitan tanto el secreto como la obscenidad del grupo anónimo. En el caso del cartel y su función en la Escuela de psicoanálisis, como en el lecho, la presencia de los cuerpos sólo es contable y real hasta cierto número. A diferencia de la clase donde da lo mismo que un alumno digno de ese nombre esté o no esté, que haya 24 ó 25; aquí se trata de lo opuesto:  que la presencia cuente, y que cuente en particular bajo la forma de una elaboración de la experiencia y del saber que sea personal y no colectiva, reactiva y no doméstica, emergente del debate y no del monólogo interior.